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Friday, September 14, 2012

2. Regresando al salón de clase



 Los salones de clase vacíos siempre habían tenido cierta fascinación para mí. Eran lugares perfectos para encontrar paz, dormir un rato, hacer la tarea que se debía entregar en los siguientes 15 minutos o para esconderse de la chica a la que se le promete una tarde de charla. Era una suerte encontrarles abiertos, y todos saben que si se abre la puerta y hay una persona ahí, sin necesidad de decir palabra, se cierra la puerta sin hacer ruido.

Este salón no era diferente a los que  sufrí durante toda mi infancia: un cuadrado aburrido con ventanas y una puerta. Solo una puerta por la que se salía o entraba si alguien lo autoriza. Lo distinto de este salón, es que era yo quien tenía el poder de autorizar o negar la entrada.

Había 28 pupitres y una pantalla electrónica. Creo que extrañé un poco el pizarrón verde que había en mi primer salón de clases cuando tenía 5 años, hacía enojar a todos cuando limpiaba el gis y luego lo embarraba en la ropa oscura. Hace mucho que no veo uno de esos, pero los maestros se quejaban de que el gis les causaba daño respiratorio. Gajes del oficio.

En este salón había un escritorio y una silla, sin embargo no tuve el impulso de sentarme y señalar con mi dedo a la victima más cercana para decirle: ¡cállate y siéntate!, Tampoco encontré un manual de operación para maestros novatos. Solo una lista de asistencia y un montón de papeles que debía llenar con todo cuidado.

La directora del plantel abrió la puerta tan impulsivamente que cuando golpeó la pared me hizo brincar casi hasta el techo. Sin esperar que me recuperara  me dijo que estaba en el salón equivocado, que me habían reasignado, en lugar de impartir 6° grado, tendría el gusto de moldear mentes más jóvenes. Estaría dando clase a 2° grado. Niños de 7 a 8 años creyendo que yo era el rey, eso no estaría nada mal para comenzar, después de todo el 6° grado sería un problema con adolescentes que estarían en mi contra sin importar si jugábamos en el mismo equipo.

La directora caminó rápido y no volvió a mirar si yo la seguía, solo balbuceaba algo un tanto incoherente, pero logré comprender: creemos que un joven es más adecuado para la inagotable energía de niños pequeños. Estamos seguros que podrá hacerlo genial. 

Se detuvo en un salón que era igual al otro, un cuadrado con ventanas y una puerta, la única diferencia es que el pizarrón era un poco más grande y había un payaso multicolor  en la puerta con un mensaje en letras mayúsculas: BIENVENIDO. Cuando me detuve a mirarlo con más atención ella lo arrancó de un manotazo y dijo: “esto no le hace falta”.

Mi nueva asignación implicaba que al final del curso, mis victimas deberían comenzar a razonar y a concentrarse (igual que los jugos de naranja, habría que exprimirlos), mejorar su habilidad para procesar información, mejorar su concentración en una tarea específica, trabajar cooperativamente con un compañero o un grupo pequeño, comprender la diferencia entre correcto e incorrecto, hacer conexiones entre conceptos que les permitan comparar y contrastar ideas, expandir su vocabulario, usar verbos correctamente, leer fluidamente sus ideas, preguntar y responder quien, que, cuando, donde, por que y cómo, revisar y editar un escrito, comenzar a usar un diccionario, hacer operaciones aritméticas de manera mental para suma y resta, demostrar comprensión, comprender la hora y comprender conceptos básicos de multiplicación, y solo contaba con menos de ocho meses para lograr eso, comencé a sudar frio solo de pensar la enorme responsabilidad que tenía frente a mí, pero no iba a dejarme vencer. Después de todo era solo un empleo, y sabía bien lo que era fracasar en uno. Si no lograba hacer una carrera como maestro, seguro encontraría otra cosa que hacer.

Mire la lista y el sudor se convirtió en dolor de estómago, tenia 25 niños en clase, y además por sus apellidos tenían distintas nacionalidades. No tendría que lidiar solo con un programa, sino con barreras culturales.

Cerré la lista y salí corriendo de ahí, pensando que me reportaría enfermo el primer día de clase.
 

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